viernes 10 de febrero de 2012

Little Big Town - Shut Up Train

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Para cerrar la semana se me antoja algo de country, nomás para variar un poco.


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No había escuchado a este grupo, hasta anoche mientras pasaba de un canal a otro del televisor.

viernes 3 de febrero de 2012

Rodrigo y Gabriela - Hanuman

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Me debía, desde hace mucho tiempo, una rolita de este par.


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En pocas palabras, una verdadera chulada...

lunes 30 de enero de 2012

Con agravantes, microrrelato en tres tiempos

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Premeditación:
Me marcho -me dijo-, lo he pensado mucho los últimos días; no eres tú, soy yo, y ella, somos los dos...

Alevosía:
... y tuvo el descaro de decirlo después de hacerme el amor como hace muchos años no lo hacía, cuando todavía temblábamos los dos de cuerpo y alma.

Ventaja:
Nunca podría él haber imaginado que yo sabía de sus traiciones y esa nocha habría de usar, de cualquier forma, el cuchillo que tenía bajo mi almohada.



Hace unos días leía en el sitio de un taller de "escritura creativa" sobre dos ejercicios que proponían, cada uno por separado, el primero era escribir un microrrelato como si el autor fuera del sexo opuesto, y el segundo escribir una serie de tres cuentos cortos encadenados, de manera que giraran en una sóla temática y se pudieran leer como una unidad o cada uno por separado. Pero yo ni participo en esos talleres y me dió flojera hacer dos ejercicios, así que quedaron en uno solo.

viernes 27 de enero de 2012

jueves 26 de enero de 2012

Falsas expectativas, relato corto

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Falsas expectativas

No era la primera vez que Fernando estacionaba su auto en ese cajón del estacionamiento del centrito comercial que está camino hacia su casa, ni la primera que se quedaba en el auto viendo con detenimiento cada movimiento que hacía aquella mujer en la pequeña joyería que le quedaba justo a tiro de visión, era siempre ese lugar, a la misma hora, cuando sabía que no había clientela y podía verle, desde ángulo preciso que le proporcionaba ese sitio, ir y venir de un lado a otro con libertad, limpiar y acomodar el contenido de la estantería de brazaletes o de la de anillos; de la de cadenas y collares no, porque le obstruían un poco la visión.

No era la primera vez que sentía la necesidad de bajarse del auto e ir a hablar con ella, a decirle que sus rubios caireles que caían por sus hombros semejaban a los rayos del sol ensortijados por céfiros celestes -sí, sonaba cursi, pero así son estas cosas del amor y sus inexpugnables devaneos- y una sonrisa suya podía hacer que los ángeles del cielo bajaran a posarse sobre las copas de los árboles a contemplarla desde lejos hacer y deshacer engarces de oro y plata adornados con zafiros y amatistas, pero si por ganas no paraba, sí por la timidez que lo vencía, el miedo al rechazo y, tal vez aún más, el pavor de ser correspondido y resultar decepcionante.

Nunca le había visto de cerca ni había cruzado palabra con ella, es más, no había siquiera escuchar su voz, esa que debería de ser seguramente, aterciopelada, suave, candorosa, clara de tonos bajos y frases largas.

El cielo se abrió de pronto cuando Martina volteó sonriente y levantó la mano derecha en señal de saludo, mayor fue la impresión al verle venir hacia él, con paso decidido. Azorado, al principio no supo como reaccionar y, al fin seguro de que era este su día de suerte y haberse persignado una segunda vez esta mañana estaba dando frutos, descendió del auto y caminó unos pasos a su encuentro, deteniéndose en el momento justo en que ella fruncía el entrecejo, enmarcado en una cara unos quince años mayor a los que aparentaba a lo lejos, y le gritaba con voz tipluda, como de pito: "¿Te quitas de ese lugar?, es reservado y estás estorbando a mi marido que va a estacionar ahí su auto".

miércoles 25 de enero de 2012

Juan José Arreola - Pueblerina

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Pueblerina
Juan José Arreola
Confabulario (1963)

Al volver la cabeza sobre el lado derecho para dormir el último, breve y delgado sueño de la mañana, don Fulgencio tuvo que hacer un gran esfuerzo y empitonó la almohada. Abrió los ojos. Lo que hasta entonces fue una blanda sospecha, se volvió certeza puntiaguda.

Con un poderoso movimiento del cuello don Fulgencio levantó la cabeza, y la almohada voló por los aires. Frente al espejo, no pudo ocultarse su admiración, convertido en un soberbio ejemplar de rizado testuz y espléndidas agujas. Profundamente insertados en la frente, los cuernos eran blanquecinos en su base, jaspeados a la mitad, y de un negro aguzado en los extremos.

Lo primero que se le ocurrió a don Fulgencio fue ensayarse el sombrero. Contrariado, tuvo que echarlo hacia atrás: eso le daba un aire de cierta fanfarronería.

Como tener cuernos no es una razón suficiente para que un hombre metódico interrumpa el curso de sus acciones, don Fulgencio emprendió la tarea de su ornato personal, con minucioso esmero, de pies a cabeza. Después de lustrarse los zapatos, don Fulgencio cepilló ligeramente sus cuernos, ya de por sí resplandecientes.

Su mujer le sirvió el desayuno con tacto exquisito. Ni un solo gesto de sorpresa, ni la más mínima alusión que pudiera herir al marido noble y pastueño. Apenas si una suave y temerosa mirada revoloteó un instante, como sin atreverse a posar en las afiladas puntas.

El beso en la puerta fue como el dardo de la divisa. Y don Fulgencio salió a la calle respingando, dispuesto a arremeter contra su nueva vida. Las gentes lo saludaban como de costumbre, pero al cederle la acera un jovenzuelo, don Fulgencio adivinó un esguince lleno de torería. Y una vieja que volvía de misa le echó una de esas miradas estupendas, insidiosa y desplegada como una larga serpentina. Cuando quiso ir contra ella el ofendido, la lechuza entró en su casa como el diestro detrás de un burladero. Don Fulgencio se dio un golpe contra la puerta, cerrada inmediatamente, que le hizo ver las estrellas. Lejos de ser una apariencia, los cuernos tenían que ver con la última derivación de su esqueleto. Sintió el choque y la humillación hasta en la punta de los pies.

Afortunadamente, la profesión de don Fulgencio no sufrió ningún desdoro ni decadencia. Los clientes acudían a él entusiasmados, porque su agresividad se hacía cada vez más patente en el ataque y la defensa. De lejanas tierras venían los litigantes a buscar el patrocinio de un abogado con cuernos.

Pero la vida tranquila del pueblo tomó a su alrededor un ritmo agobiante de fiesta brava, llena de broncas y herraderos. Y don Fulgencio embestía a diestro y siniestro, contra todos, por quítame allá esas pajas. A decir verdad, nadie le echaba sus cuernos en cara, nadie se los veía siquiera. Pero todos aprovechaban la menor distracción para ponerle un buen par de banderillas; cuando menos, los más tímidos se conformaban con hacerle unos burlescos y floridos galleos. Algunos caballeros de estirpe medieval no desdeñaban la ocasión de colocar a don Fulgencio un buen puyazo, desde sus engreídas y honorables alturas. Las serenatas del domingo y las fiestas nacionales daban motivo para improvisar ruidosas capeas populares a base de don Fulgencio, que achuchaba, ciego de ira, a los más atrevidos lidiadores.

Mareado de verónicas, faroles y revoleras, abrumado con desplantes, muletazos y pases de castigo, don Fulgencio llegó a la hora de la verdad lleno de resabios y peligrosos derrotes, convertido en una bestia feroz. Ya no lo invitaban a ninguna fiesta ni ceremonia pública, y su mujer se quejaba amargamente del aislamiento en que la hacía vivir el mal carácter de su marido.

A fuerza de pinchazos, varas y garapullos, don Fulgencio disfrutaba sangrías cotidianas y pomposas hemorragias dominicales. Pero todos los derrames se le iban hacia dentro, hasta el corazón hinchado de rencor.

Su grueso cuello de Miura hacía presentir el instantáneo fin de los pletóricos. Rechoncho y sanguíneo, seguía embistiendo en todas direcciones, incapaz de reposo y de dieta. Y un día que cruzaba la Plaza de Armas, trotando a la querencia, don Fulgencio se detuvo y levantó la cabeza azorado, al toque de un lejano clarín. El sonido se acercaba, entrando en sus orejas como una tromba ensordecedora. Con los ojos nublados, vio abrirse a su alrededor un coso gigantesco; algo así como un Valle de Josafat lleno de prójimos con trajes de luces. La congestión se hundió luego en su espina dorsal, como una estocada hasta la cruz. Y don Fulgencio rodó patas arriba sin puntilla.

A pesar de su profesión, el notorio abogado dejó su testamento en borrador. Allí expresaba, en un sorprendente tono de súplica, la voluntad postrera de que al morir le quitaran los cuernos, ya fuera a serrucho, ya a cincel y martillo. Pero su conmovedora petición se vio traicionada por la diligencia de un carpintero oficioso, que le hizo el regalo de un ataúd especial, provisto de dos vistosos añadidos laterales.

Todo el pueblo acompañó a don Fulgencio en el arrastre, conmovido por el recuerdo de su bravura. Y a pesar del apogeo luctuoso de las ofrendas, las exequias y las tocas de la viuda, el entierro tuvo un no sé qué de jocunda y risueña mascarada.

martes 24 de enero de 2012

Anonymous se deslinda de Anonyupload.com

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A raíz del cierre de Megaupload por parte del FBI y de la intervención de páginas que realizara la gente de Anonymous en represalia por esto, ha circulado la versión de que este grupo de hackers habría lanzado un sitio de almacenaje de archivos similar, llamado Anonyupload.

Hace un par de horas, por medio de su cuenta en Twitter, los de Anonymous han declarado no tener relación con este sitio, y están previniendo que se puede tratar de un sitio fraudulento.

Para leer el tweet, den click aquí.