lunes, 31 de octubre de 2011

Aprendizaje forzoso

Hace algunos meses, cierto día que fuí a lo de la tenencia vehicular porque se acercaba el fin del plazo para no tener que pagar los alrededor de novecientos pesos que costarían las dichosas placas, obtuve una lección que debo recordar, si es que aprendí algo, para no volver a cometer la misma pendejada.

Pues resulta que ahí voy, muy temprano, a la Recaudación de Rentas para alcanzar turno antes de que estuviera aquello retacado de gente y tuviera que desperdiciar ahí toda la mañana, en el mejor de los casos.

Nada más llegar las perspectivas no eran nada prometedoras, adentro del edificio de la Secretaría de Finanzas ya había una fila como de chorromil personas que tuvieron la misma brillante idea que este su seguro servidor, pero se levantaron más temprano o vivían más cerca, ¡pinche gente sin quehacer!, y ni modo, a formarse, no hubo de otra.

Abrieron la puerta y ahí vamos en fila caminando despacio, unos bostezando, otros hablando por teléfono, otros como en piloto automático, unos renegando y echando pestes contra el gobierno y hasta algunos que ya socializaban con los que estaban próximos en la fila.

En cuanto pasamos a la recaudación había que tomar turno en una maquinita de esas como de banco en las que presionas un botón según el trámite que vas a realizar y te dan el número que te corresponde; luego, ya con el papelito en mano, pasaríamos a la sala de espera, a sentarnos a esperar que llegara nuestro turno y el tablero electrónico nos avisara en que ventanilla seríamos atendidos.

Entre la puerta y la maquinita dichosa de los turnos todavía hacíamos fila unas quince personas, y justo en ese momento a la maquinita se le ocurrió quedarse sin papel, así que a esperar a que llegara alguien a ponerle un rollo nuevo para que los milochomil que todavía esperábamos recibiéramos nuestro numerito.

La sala de espera es un espacio relativamente reducido, para la cantidad de gente que estábamos ahí, y ya estaba atiborrada para este momento de mexicanos que, como es natural, dejamos todo a última hora, al grado de que las doscientas sillas estaban ya ocupadas, había gente de pie y en el diminuto pasillo en que estábamos unos cuantos esperando turno, se quedaron otros tantos al dos por uno más o menos, quedando casi encimados unos en los otros unas cuarenta o cincuenta personas, en ese pasillo que era entonces algo como la frontera entre los peregrinos y los que les dan posada, o el limbo de los que no están adentro ni afuera.

Ya el ambiente comenzaba a ponerse denso, seguro más de uno traía los humores acumulados de varios días de añejamiento y otros nada más traían olor a sábana y modorrez, que se mezclaban con los aromas naturales por el tiempo de confinamiento en ese espacio tan reducido. En esas estábamos cuando se escuchó un "chiflido" casi imperceptible, seguido de un aroma indescriptible que fue 'matizando' el ambiente con una combinación de olores que uno no sabría descifrar, pero que con el paso de los segundos se acentuaba. Todos nos mirábamos unos a otros pero nadie animaba a decir nada, no fuera que los demás pensaran aquello de que 'el que primero lo huele, debajo lo tiene', y para los que seguíamos formados como que ya no era cosa de salirse de la fila porque eso implicaría la posibilidad de perder el lugar y tener que volver a formarse.

Una señora tosió una y otra vez, tal vez fingidamente con la intención de cubrirse la nariz con el brazo; un joven comenzó a rascarse con la mano la nariz, seguramente con la misma intención, y un señor mayor sacó su pañuelo e hizo como que se iba a limpiar la nariz, pero para no ser juzgado sólo se hizo un poco de aire en la cara y volvió a guardar el viejo paliacate. Entonces llegó corriendo un niño de unos cino años de edad más o menos, que venía de la sala de espera, se detuvo en seco a la mitad del pasillo y poniendo cara de 'fuchi' exclamó: "¡Guácala!, ¡aquí huele a caca!, ¡se están pudriendo!" Y se tapó la nariz con ambas manos, regresando rápidamente por donde había llegado.

Algunos comenzamos a cubrirnos la nariz con pañuelos, con las manos o con el brazo, otros a echarnos aire en la cara con los papeles que llevábamos en las manos, otros a resoplar y a moverse de un lado a otro; luego de soltar una sonrisa o una sonora carcajada, todos excepto una señora que se quedó seria mientras el rostro se le fue poniendo de mil colores.

Afortunadamente el cambio de rollo de papel fue rápido y no fue cosa de mucho tiempo para que la fila comenzara a avanzar.

Agarré mi papelito y me lancé a buscar a mi compadre Mario, que trabaja en ese mismo edificio, y es que no era cosa de seguir ahí esperando a que la señora siguiera sufriendo descompensaciones gastrointestinales durante los próximos doscientos ochenta turnos.

Luego de un rato, acompañado de mi compadre, quien se dió cuenta de que el trámite que yo iba a hacer no requería de tomar turno en la numeración principal sino en una mucho más desahogada, regresamos a la recaudación para tramitar mi asunto en la oficina correcta. Mientras mi compadre investigaba a donde dirigirnos, salió la señora quien al verme sólo atinó a decirme con voz lastimosa: "¡Ay joven, qué pena, en serio!". No supe si sonreirle, agradecerle por llamarme joven o responderle que no se preocupara, que era natural, así que la dejé seguir su camino, no la fuera yo a avergonzar más, ni me arriesgara a que sufriera otro accidente como el de hace unos minutos.

Ustedes se preguntarán, luego de tanta perorata, ¿y qué carajos aprendió este fulano?, seguro que a no dejar todo a última hora, a ser más previsor y menos desidioso, y mil cosas por el estilo.

¡Ah, pues están en un completo error! la idiosincracia nacional no es desarraigable, no se negocia ni se vende, no se quita así nomás porque sí; es maroma vieja de chango viejo, es inolvidable como lo que bien se aprende, es, es, ¡ES! y punto.

El aprendizaje es que si al fin de cuentas te vas a pasar el día completo en una oficina gubernamental, al menos ten la prudencia de llevar máscara antigases.

5 comentarios:

  1. Podrías empezar cambiando el nombre del blog "Lo que es no querer pagar"

    ResponderEliminar
  2. Nombrle, si querer no es el problema...

    ResponderEliminar
  3. Ah...bueno, yo aprendí algo. Que es mejor evitar pagar impuestos

    ResponderEliminar
  4. lo que yo aprendí es que sólo los niños son capaces de decir la verdad y sin tapujos...
    saludos Jesús!!

    ResponderEliminar
  5. Iiiiiiiiiuuuuuuuuuuuuccccccccc!
    ascooooooo!!!!!!!!
    No sé como llegué al final de tu aventura ni como aguantaste a esa vieja cochina ascooo!!!!

    Yo aprendí que cuando lea cosas así mejor interrumpo porque soy muy asquerosa y me mareo, aggg!


    :(

    ResponderEliminar