Este es uno de los primeros cuentos "no infantiles" que leí y que posiblemente tenga que ver con mi gusto por el cuento y la ciencia ficción, afición, ésta última, que tengo muy olvidada últimamente...
Esta versión la tenía en un archivo de texto que encontré hace unos días, y obtuve hace varios años en la página de Internet de una revista, de cuyo nombre no me acuerdo y ahora no pude encontrar, sin embargo tengo anotado que obtuvo el premio de prosa de los X Juegos Florales de Ciudad del Carmen y fue publicado originalmente aproximadamente en 1970 en la revista El cuento. Difiere ligeramente de la que tengo, incluida en el libro La grieta y otros cuentos, publicado por Editorial Diana en 1978.
La grieta
Manou Dornbierer
Fue un día como cualquier otro. Nos habíamos desvelado la víspera tontamente; por eso cuando los niños vinieron a darme el beso matinal antes de ir a la escuela, apenas pude abrir un ojo. ¡Ese beso! De haberlo sabido...
Tardé en desperezarme. Lo mismo de siempre, la aburrida y dulce rutina del ama de casa. ¿Por qué, por qué, Dios mío, se me ocurrió ir de compras a ese nuevo supermercado? Quería cambios, en lo pequeño y en lo grande. La idea de que la vida, mi vida, era siempre igual, me zumbaba en la cabeza como moscardón desde hacía unos meses. Ese día quise cambiar aunque fuese un poco.
Lo último que recuerdo es esa oscura tolvanera que me envolvió de repente al terminar las compras. Apreté los paquetes y cerré los ojos esperando que pasara pronto, pero cuando sentí que el suelo se movía bajo mis pies, cuando ví la grieta, los solté para buscar apoyo en la pared. Me extrañó que no hicieran ruido al caer. En realidad ya no había ruido alguno, salvo un silbido estridente que me engullía. Ya no había pared.
Y ahora, aquí estoy en este frío lugar que llaman clínica; me parece que hace horas que me están haciendo preguntas.
—¿Que es lo último que recuerda?
—La grieta en el piso, el viento. Me he cansado de repetirlo.
—Tuvo usted una alucinación, trate de comprender. No hubo tal grieta, no hubo tal viento. Usted sufrió sencillamente un desmayo en la oficina; demasiado trabajo quizás. No se golpeó, de manera que ni siquiera podemos pensar en amnesia provocada por golpe en el cerebro.
Las paredes metálicas de este aposento me deslumbran. Nunca he visto un metal de este color. Nunca he estado en un sitio como éste. No conozco a la gente que me rodea. Son amables pero me dan miedo. Tienen algo extraño ¿qué es? El que más terror me infunde es éste, cuya mano helada sostiene la mía que arde.
—Haz un esfuerzo, querida, soy yo, Arno, tu compañero. Comprende que todo esto es muy doloroso para mí. ¿Cómo es posible que no me reconozcas?
—No te conozco, no conozco a nadie aquí. ¡Créanme, por favor, créanme! Hay una confusión. No sé lo que me ha sucedido, no sé en donde estoy; pero sé quien soy. Me llamo Marisa Val, mi esposo es Gerardo Val, ingeniero, tenemos tres hijos, vivo en...
—¡Calla! Estás muy cansada, querida, no sabes lo que dices. Es necesario que duerma. Aplíquele la luz, compañero, no hay otro remedio.
—No quiero dormir. No estoy cansada. Por favor, necesito que me expliquen, necesito aclarar la situación. Debo avisar a mi familia. Apague esa luz, apáguela.
Por fin se fue Arno. Desde que regresamos de la clínica no me ha dejado sola un momento. Me atiende, me mima, no me pierde de vista. He deseado tanto estar sola y pensar. ¿Y ahora? ¿Razono todavía?
Lo que sucede es increíble. He perdido mi identidad, me he vuelto loca. Los primeros días me tuvieron casi constantemente bajo la luz tranquilizante. Dejé de llorar, dejé de gritar. La vuelve a una de corcho. Paraliza emociones, borra memoria. La apagaron al fin y la angustia punzante volvió. Opté por mentir, por calmarme. ¡Cualquier cosa antes que permitir que la luz me aniquile de nuevo! Vivo con Arno en un apartamento que él llama célula. Todo o casi todo es metálico. Todo es automático. Me ha enseñado a manejar los mecanismos de esta máquina—casa, mi hogar. Se ha ido y quiere que descanse, que sea feliz.
El primer día de calma, cuando se llevaron los aparatos, le relaté mi vida. Ahora que estábamos solos era imposible seguir callando, seguir fingiendo. Sólo pedía que me escuchara. Yo no estaba loca. Cuando empecé, frunció el ceño. No quería escuchar más tonterías. Después reflexionó, comprendió que no podría detenerme. Le conté todo. De mi muñeca negra, de la escuela de monjas, del accidente en bicicleta, de mis padres, de nuestros viajes al mar, de los bailes en el club los domingos, de Gerardo, de aquel primer encuentro, de como reñíamos y como nos queríamos, de nuestros hijos, de sus juegos, de aquellos suaves besos por la mañana.
Escuchó haciendo un esfuerzo evidente por seguirme. Sentí confianza, todo se aclararía. Sus ojos acerados se llenaban ahora de asombro, ahora de tristeza con un poco de celos. Una idea me cruzó la mente como rayo de luz: estaba en otra vida, o en otro tiempo o en otro espacio, o... en otro cuerpo. ¡Eso era! ¿Verdad que eso debía ser?
Permaneció largo rato en silencio. Me aferré a sus manos y por primera vez le miré con el alma abierta. Por un momento creí que me entendía. Rió secamente y, un poco vacilante, se dirigió al armario y me tendió un espejo. Me vi tal cual soy, Marisa, la misma.
—Sí, soy yo. Ves, Arno —dije triunfalmente—, no soy como ustedes. Aquí todos tienen los ojos redondos y color de acero. Los míos son alargados y negros. Definitivamente negros.
Rió de nuevo y tuve ganas de matarlo o de morir.
—Sí, querida, eres una excepción. Hay muy pocos ojos distintos. Un caso en millones. A muchos les parece monstruoso, pero yo por tus ojos te quise ¿recuerdas?
No me creía, no me escuchaba. Comprendí que toda prueba lógica de mi extranjerismo sería inútil. Estaba exhausta. ¡De acuerdo! Padezco un mal extraño que me enajena.
A su vez él me contó mi vida: me llamo Glana, soy una oficinista especializada en clasificar los resultados que se obtienen en el Laboratorio de la Alimentación. En mi trabajo soy eficiente y mis relaciones con mis compañeros correctas. Entre él y yo nunca ha habido problemas. Nos queremos. Nos conocimos de una manera un tanto inusitada, es cierto... Me encontró vagando cerca de los restos de un aparato aéreo accidentado. No podía hablar, no recordaba nada. Al mirarme a los ojos se enamoró. Así, nada más. Los peritos supusieron que era la única sobreviviente del desastre. Me tomó a su cargo. ¡Suerte que es neurólogo! Nunca pude recordar lo que había sucedido antes, pero él me había hecho recuperar la razón, me había enseñado todo, como se enseña a un niño. ¡Y ahora esto!
Las circunstancias actuales eran indudablemente consecuencias lejanas de aquel accidente. Había un misterio en mi vida; pero eso no significaba que yo perteneciera a otro mundo. El misterio le tenía sin cuidado. Nos queríamos ¿verdad? Eso era lo importante. Pronto nos otorgarían la autorización de tener un hijo. ¿Cómo serían sus ojos? Mi estado actual no era de gravedad. Sus colegas y él estaban de acuerdo. Trastorno mental momentáneo. Las facultades no estaban dañadas. Que mi temperatura era superior a la normal ¿y qué? Siempre había sido así. Su Glana era un poco extraña. En unos cuantos días reanudaría mi vida normal, vería a mis compañeros, a nuestros amigos. De ser necesario se me proporcionaría nuevo entrenamiento en el trabajo. Se lo habían prometido. ¡Por algo era un médico de prestigio! ¿Qué más podía pedir? Pertenecíamos a una clase privilegiada, pero lo más importante era que nos quisiéramos como hasta entonces. Acercó su rostro helado al mío. Quise pensar que él estaba en lo cierto y que lo mío sólo era pesadilla.
Ahora se ha ido. Por primera vez desde la grieta, estoy sola, totalmente sola, sola como nadie lo ha estado jamás, sola en un universo ajeno. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido? ¿Cómo se sale de aquí? De ellos no se puede esperar ayuda. Si insisto en no reconocerme me encerrarán definitivamente en la clínica, bajo la luz. Perderé cualquier oportunidad de escapar. Perderé a Arno. ¡Arno, este desconocido que es lo único que tengo!
Es posible que haya otros como yo aquí. Ese caso en millones de personas con ojos distintos que no son canicas de acero. Bellos ojos marrones, verdes, negros, azules. ¡Si pudiera encontrarlos! Dentro de poco saldré y veré gente. Si alguien pudiera explicarme... Este mundo se parece al mío. Pero ¿cómo? ¿cuándo? ¿dónde? ¿Paralelo? ¿Más allá? El panorama que miro desde mi ventana me tranquiliza. Son montañas, lejanas, pero montañas. Es cielo azul y limpio; de vez en cuando un pájaro. ¡Pero cuando miro hacia abajo, hacia las casas metálicas y los extraños vehículos! ¡Cuando miro a mi alrededor, esta célula aislada de ruidos, de microbios, de olores, máquina perfecta, inhumana...! Demasiada paz, demasiada soledad. ¿Y si estuviera muerta? No, eso no. La sensación de vivir es inconfundible. Y yo estoy viva, terriblemente viva.
Mis compañeros de oficina me ofrecieron una fiesta. Glana ha vuelto, Glana se ha curado, ¡Viva Glana! Arno está encantado. Sus ojos brillan y hasta parecen humanos. No he vuelto a mencionar a Marisa. Pasó la crisis, dice. Actúo bien. Me he dejado guiar con una docilidad y una atención de las que no me creía capaz. Nadie se ha percatado de la verdad, de que sigo sin entender, de que la desesperación me abruma. Los odio a todos. No, a Arno no. Es mejor que los otros. No es un autómata. Casi todos son iguales. Muy pocos parecen tener vida. Máquinas. ¿Qué sienten? ¿Qué piensan?
Arno dice que el funcionamiento de nuestra sociedad es perfecto. Desde la infancia las computadoras clasifican a cada individuo. Si posee facultades superiores se le abren todas las puertas, si no, se le condiciona para que pueda llevar una vida útil, feliz, pero estática. Ya no hay amarguras, ni frustraciones, ni envidias, ni ambiciones vanas como en el pasado. El viejo mito del destino trazado de antemano es aquí realidad. Todos están conformes con lo que la vida les depara. No hay más.
Glana, la oficinista, yo, es también una autómata. Pensé encontrar un trabajo interesante, un verdadero contacto con este mundo asombroso. No. Mi misión consiste en insertar las tarjetas que expulsa una máquina dentro de otras. Las azules aquí, las amarillas allá. Seis horas de trabajo ininterrumpido. Si me canso, tomo una píldora. ¿Qué significan esas tarjetas? Todos me miraron sorprendidos. El supervisor me llamó a su privado.
—Glana, por esta vez pasa. Ha estado enferma, pero de hoy en adelante se controlará. Arno tiene influencia, pero... Nada de preguntas. Es peligroso pensar en horas de oficina. El trabajo, recuerde, debe ser automático. Usted no tiene derecho a equivocarse. Un error, una distracción podrían ser criminales. Una tarjeta equivocada y algún sector de la población recibirá alimentación inadecuada. Usted sabe lo que sucedería. ¡Recuérdelo!
Terminé el día con un nudo en la garganta. Arno me consoló por la noche. Mi trabajo era importante, una gran responsabilidad. No debía hacer preguntas. Sólo los científicos sabían el significado de las famosas tarjetas. Cada quien debía limitarse a su trabajo. El mío era en cierta forma una terapia. Disciplina mental, control de mi imaginación, eso era lo que necesitaba. Claro que ahora, más que nunca, tendría que hacer un gran esfuerzo.
Ya no pregunto. Tengo que combatir cualquier idea que me distraiga. Tengo que resistir a la tentación de mirar los ojos de las personas que entran a la oficina. Tarjetas amarillas, máquina 1; tarjetas azules, máquina 2; tarjetas rosadas, máquina 3; tarjetas, máquina, tarjetas, máquina, tarjetas, máquina.
¿No se terminará nunca la pesadilla? ¡Si por lo menos los días fueran distintos unos de otros! La «terapia» está surtiendo efecto: cada minuto, cada hora que pasa me siento más derrotada. Sólo por la tarde después del trabajo, mientras espero a Arno, puedo recordar. Gerardo, mis hijos, mi familia, mis amigos. Horrible separación. ¿Qué hacen? ¿En dónde están? ¿Me recuerdan? ¿Sufren?
Me esfuerzo por no pensar tanto en el pasado. Es imposible vivir en este desgarramiento. Pero ¿y si termino por olvidar? Caeré definitivamente en este mundo y ya no habrá esperanza de volver. Miro ojos y más ojos. Nada, todos son de acero, sin vida. Quizás alguien podría entender. Falso. Si Arno no entiende ¿cómo entenderían los demás?
Me encontró llorando de nuevo. Pensé que las lágrimas se habían agotado, pero no. Durante esa tarde los recuerdos se agolparon vividos en mi cerebro, en mi corazón. Debe de haber alguna manera de escapar, si no, prefiero morir. Quizás la muerte disipe las tinieblas... Me calmo al fin. Arno es bueno, me quiere, me consuela con sus falsos argumentos y sus píldoras eficaces.
—Lo que necesitas es distraerte. Nuestros amigos te esperan. No han tomado a mal tu frialdad; comprenden. Iremos a verlos, charlaremos, iremos de paseo. No permitiré que sigas en esta reclusión.
Habían venido algunos a verme. Al principio, cada vez que se me anunciaba una visita, algo me saltaba dentro del pecho. Ahora sí. Este sería el par de ojos esperado. Nunca llegaba. La desilusión se convirtió en misantropía. No me interesan, Arno, no quiero ver a nadie. No quiero salir. Así se han ido muchos días. Mañanas de tarjetas, tardes solitarias, agridulces de recuerdo y nostalgia. Noches de Arno. Sé todo de él. Me lo ha contado. Agradezco su amor; en cierto sentido quizás empiece a quererlo también. Pero el vacío persiste, el desfile de ojos de acero es interminable.
—Tienes razón, Arno. Necesito distraerme.
No quiero herirlo. No hablaré más de allá. Nuestra intimidad es apacible. Es necesario aceptar la realidad y buscar entretenimiento. Volver a ser curiosa, interesarse por lo demás.
No sabía que tenían televisión. Sencillamente no se me había ocurrido. ¡Dios los bendiga! Moro y Zea tienen un enorme televisor. Cuando comprendí lo que estaba mirando en la pantalla, me desmayé. Parece que tardé un buen rato en recobrar el conocimiento. Afortunadamente, al reponerme, el televisor seguía funcionando. Continuaba el mismo programa. Al fin se tranquilizaron. Me siento bien, fue sólo un ligero malestar. Sigamos mirando, por favor. No me perdí un gesto, una palabra de la narración. Mediante un tremendo esfuerzo pude controlarme, me tragué las lágrimas, contuve el temblor que me sacudía. Ahogué las palabras que querían brotar. Era importantísimo que ellos no sospecharan nada. Terminó. «Este ha sido un capítulo más de nuestra emisión estelar: La dimensión desconocida. Libreto, producción y narración de Yar. Vea y escuche cada ocho días, a la misma hora y en el mismo canal, este prodigioso programa de ciencia ficción».
¿Porqué estaba tan alterada? Era sólo ficción, repetían. Al sentir sus miradas asombradas, inquisidoras, comprendí que debía evitar a toda costa un paso en falso. No podía decirles que lo que habíamos visto era mi mundo, el mundo de los seres humanos. Casi se podían percibir los olores. ¡Era inaudito! ¡Era indudable! La dimensión desconocida era la mía. No, me tomarían por loca y volvería a empezar la batalla. Calma, ya habría tiempo para reflexionar. Hablé de otra cosa y al cabo de un momento:
—Arno, ¿por qué no tenemos televisor?
—¿Cómo que por qué? A tí nunca te ha interesado y a mí me lastima los ojos. Mira como los tengo ahora.
—Arno... quiero un televisor. Tú no lo mirarás si no quieres, pero yo...
—¡Qué extraña eres! Cómo has cambiado. Además, si te vas a poner en ese estado...
—La televisión no tiene que ver con mi malestar. Fue sólo un dolor agudo. No es nada. Ya me revisarás en casa.
Interviene Zea. ¡Dios te bendiga, Zea!
—Comprendo que te haya gustado el nuevo programa, Glana. Esas historias absurdas son fascinantes. Anda, Arno, dále un televisor. Eso la distraerá.
—¿Cuánto hace que se transmite ese programa? —preguntó con un hilo de voz.
—Hace poco. Yar nunca había hecho algo tan especial. Ha sorprendido a todos. La ilusión de realidad es perfecta ¿verdad?
—¿Quién es Yar?
—¡Cómo! ¿No recuerdas?
—Lo conocí el otro día —interviene Moro—. Un hombrecillo muy peculiar. Una mente extraordinaria. Original, muy original. No sé exactamente de donde es. Se rodea de cierto misterio. Supongo que está en su papel. Habla poco y parece algo distraído. El Comité le da todo lo que pide. Se los ha echado a la bolsa.
Arno nunca me había visto tan contenta. Moro y Zea se sorprendieron de mi locuacidad. Ahora sí creemos en tu recuperación, dijeron. Los sentí mis amigos, mis mejores amigos.
Cuando regresamos a casa tuve que morderme los labios. Por nada del mundo debía revelarle a Arno la razón de mi inmensa alegría. ¡Una esperanza al fin! Me tomó en sus brazos, me apretó contra su pecho muy fuerte, sin hablar, como si temiera perderme.
Llegó poco antes de que empezara el programa. Durante estos días no he vivido, de la impaciencia. Los técnicos que lo instalaron se sorprendieron de mi entusiasmo infantil. Arno tuvo una emergencia en la clínica y no llegó a tiempo. ¡Qué suerte! Pude disfrutar —¿qué digo?— vivir el milagro sin testigos. Me parece despertar de un sueño. ¡Qué extraño programa! No hay argumento, no hay historia. Una hora de la vida de una familia humana. Debió suceder en algún pequeño puerto del Mediterráneo. Yar es, en efecto, un genio o un iluminado. ¿Qué diría si supiera que ese mundo fantástico que imagina y crea, existe en realidad? El corazón me palpita demasiado rápido. La sangre me quiere saltar de las venas. Hay que mantener el equilibrio, conservar la razón. Hay que investigar. Yar. La clave.
Arno me volvió a la realidad. Inauguramos alegremente nuestra adquisición. Se ríe de mi euforia, pero no la comparte. Sus ojos no resisten la televisión. El resto de la programación es «normal». Reflejos de este universo, de este mundo técnico y frío al que ahora pertenezco, al que —es inútil negarlo— empiezo a acostumbrarme. Maravillosa, patética capacidad de adaptación de los que amamos la vida, sea donde sea, sea como sea. A Arno también me he acostumbrado. Nunca ha habido problemas entre nosotros, me decía. Es verdad. ¿A qué se debe esta absoluta paz en la que aquí nos hundimos todos como en una inmensa madeja de algodón? ¿La alimentación? ¿La medicación obligatoria? ¿La disciplina a la que todos estamos inexorablemente sometidos? ¿La total solución a los problemas básicos de la existencia? Soy escéptica. Hay poco dolor, pero hay pocos individuos. Civilización de autómatas. Necesito comunicarme con Yar cuanto antes, antes de que mi memoria desaparezca. ¡Hay que intentar algo!
¡Por fin llegó el día! He esperado mucho tiempo. Dentro de unos minutos lo voy a conocer. Ha sido difícil, la comunicación no es fácil aquí. ¿Para qué deseas ver a Yar? Es sólo un capricho, Arno, por favor. Quiero una entrevista. Una vez más manejo su cariño. Glana querida, siempre inquieta. Debes estar maquinando algo en esa cabeza extraña. Ten cuidado, no debemos ponernos en evidencia.
Sígame, por favor. Me guían hasta su oficina. Está sentado detrás de una gran mesa cubierta de papeles. Lo rodean complicados aparatos. ¡Qué raro! Muy pocos usan lentes. ¿Gafas oscuras? Protección contra los rayos, probablemente. No me ha visto. Da instrucciones a sus ayudantes. Habla en voz baja pero muy claramente. Es pequeño, casi insignificante. Se va el último que queda. Lentamente se vuelve hacia mí, me mira. ¡Respinga! ¡Sí, ha respingado! Me hace seña de callar. En el fondo del estudio se cierra una puerta. Yar viene a mi encuentro, sonriendo, con las gafas en la mano. ¡Verdes, sus ojos son verdes! Brinco, corro, me tiende una mano cálida, lo abrazo. Me deja sollozar en sus brazos. Calma, por favor, cálmese.
—Yar, usted, yo... somos...
—Sí, amiga mía, cálmese. Yo también estoy impresionado. —Después de un momento—: ¿Cómo fue? ¿cuándo fue?
—No sé como ni cuando. He perdido la noción de nuestro tiempo. Fue una grieta, un viento, finalmente la clínica. —Le cuento todo; todo mezclo, Arno, Gerardo, las tarjetas, hay montañas, parecen humanos, quiero volver, ¿a qué se debe todo esto?, ¿estamos muertos, quienes son, en dónde estamos? ¡Hay que irnos...!
Sonríe suave, triste, maravillosamente. Por fin callo. Lo amo. Somos hermanos.
Pausadamente, me cuenta: paseaba por el campo siguiendo a un insecto extraño —su pasión eran los insectos—, aquel era desconocido, estaba seguro. Se metió en una cueva, estaba muy oscuro y hacía frío. De repente sintió que caía, sí, era una grieta. Había sucedido hacía más o menos diez años. Era joven y tenía un gran porvenir. Sabía, literalmente, sabía, que estaba predestinado a hacer un gran descubrimiento. Había estudiado mucho. Física. Su nombre empezaba a sonar... Lo habían recogido en una calle, aparentemente víctima de un shock. No hablaba, no recordaba. Pasó largos meses en la clínica de recuperación. Poco a poco renació en este mundo y recordó el otro. Supo de qué se trataba. Esto era efectivamente un paralelo. Afortunadamente un mundo paralelo muy similar al nuestro. Estábamos a sólo unos segundos de nuestro tiempo. Sí, la grieta era de tiempo. Se necesitaban muchos conocimientos para captar el fenómeno. Ya me iría explicando.
—Yar, ese programa suyo ¿cómo es que resulta tan real?
—No resulta, es real. Las imágenes que usted vio son imágenes directas de nuestro mundo. Ellos no lo saben y por el momento no deben saberlo. Fue una casualidad, una de esas casualidades milagrosas con las que se topan de vez en cuando los científicos. Pero déjeme contarle como sucedió. Cuando me recuperé, cuando aprendí a comportarme aquí, un cerebro electrónico decidió mi destino y me enviaron a la televisión. En un principio no me interesó; sin embargo, me familiaricé bastante pronto con sus instrumentos. Para olvidar, me dediqué de lleno a mi trabajo. Un día, experimentando con los aparatos en cierta combinación de frecuencias, capté una extraña y muy familiar imagen... una imagen de allá. Duró unos segundos. Volví a ensayar una y mil veces. Fue hace unos meses y ahora, después de cálculos y más cálculos, de experimentos y más experimentos, puedo enfocar lo que quiero más o menos exactamente, conociendo, desde luego, el tiempo y la localización de las escenas. Ellos creen que realizo un programa a base de montajes fílmicos y de imaginación. Piensan que creo personajes a mi imagen física. Los ojos, por supuesto. Que monto geniales escenografías. Sí, dicen que soy un genio.
Ríe amargamente. ¡Y puede que lo sea! Lo que más trabajo le ha costado, después de las dificultades técnicas, ha sido aislarse para evitar que sus ayudantes descubran la verdad.
—Pero, Yar, ¿por qué? Su descubrimiento es la prueba palpable de que existe un universo del que provenimos. Así ellos nos podrían ayudar. Nosotros...
—¿Nosotros? ¿Sabe cuántos somos? Cuatro. Cuatro pobres náufragos en este inmenso mundo. Hasta el momento, contándola a usted, sólo tres personas han venido a verme al reconocer «su» mundo. Quizás haya más, quizás haya animales o cosas que han resbalado por otras grietas. No lo sé. Hay que esperar todavía. Los otros dos no viven en esta ciudad. Es una suerte que nosotros estemos aquí. Uno de ellos no se resignó; no me quiso hacer caso y mantener por el momento el secreto. Se empeñó en demostrarles. Supe hace poco que lo recluyeron en una clínica. No obstante sus adelantos técnicos, no están preparados para aceptar este increíble fenómeno. ¿Lo estábamos nosotros allá? Tenga calma, prenda su televisor, con sus datos trataré de encontrar a su familia. Puede venir a verme, pero no con demasiada frecuencia. No debemos despertar sospechas. Hay que trabajar en silencio.
Arno está en la estancia vecina. ¡Maravillosa pared aislante que le ha ocultado mis gritos, mi dolor, mi alegría! Arno aquí junto y ellos tras el cristal. Pude tocarlos, besarlos. Los ví, Dios mío, los ví. Estuve con ellos después de tanto tiempo. ¿En realidad cuánto? El mayor ya usa pantalón largo, el chiquito va a la escuela. La niña redonda se ha vuelto largirucha. ¡Pronto será mujer! ¡Y yo aquí, tras esta maldita, bendita pantalla! Gerardo tiene canas. ¿Quién es la mujer que lo acompaña? ¿Por qué la tratan con evidente cariño? Impostora. ¡Injusticia tonta! No sé como resistí la tentación de gritarle a Arno, de arrastrarlo a presenciar la terrible prueba de mi verdad. Habría dudado todavía. Me habría acusado de hacer mía una ficción. Me hubiera creído definitivamente loca. Eso fue lo que dijo Yar ayer cuando me avisó que hoy lo intentaría. Le prometí callar y no entorpecer sus investigaciones. Cambiaron la decoración. Se ven tranquilos, ¿me han olvidado? Niños sean buenos, mamá los está mirando... Creí ver mi retrato, sobre la mesita, bajo la lámpara. Fue sólo un instante. Adiós Marisa.
Yar sigue investigando con éxito. El está seguro de no tener pasado en este universo. Le intriga mi estancia anterior aquí. Esa Glana del accidente. Esa Glana desaparecida cuyo lugar ocupo. Yo, usurpadora, también impostora. ¿En dónde está la verdadera Glana? Quizás cayó también en una trampa, quizás vive una vida prestada en mi mundo o en otro. Quizás los seres son dobles, triples, múltiples como los universos. Quizás hay pasadizos entre unos y otros. Yar dice que algún día encontrará la grieta...
Me gusto mucho el cuento.
ResponderEliminarEn teoría, podrían existir universos paralelos...¡Sabemos tan poco...!
Gracias por compartir.
Saludos
Bien. Este cuento lo leí en un libro prestado llamado "Todos los caminos del universo". No volví a ver más ese libro y lo he buscado desde entonces, pues com esta historia contiene otras igualmente maravillosas.
EliminarLéanlo!
gracias por subir este cuento tambien fue de mis primeros libros y uno de los que mas recuerdo
ResponderEliminar